Periodismo en tus Manos es una revista digital de análisis y reflexión sobre sociedad, comunicación, filosofía y cultura.
Su propósito es ofrecer pensamiento crítico y contribuir al debate público desde una perspectiva rigurosa y accesible.
El
avance de las tecnologías y las comunicaciones nos han permitido mejorar como
profesionales o empleados, al punto de que muchas veces ni siquiera es
necesario tener que asistir físicamente a la empresa u organización a la cual
pertenecemos, para poder desarrollar nuestras tareas con normalidad. La mezcla
de trabajo con nuestra rutina cotidiana ha generado que ambas se entrelacen al
punto de que muchas veces estamos realizando actividades de tipo personal, pero
interrelacionándolas con nuestras obligaciones laborales. Esta nueva forma de
vivir sin horarios y sin un segmentación real del tiempo que le dedicamos a
cada actividad, nos ha empezado a generar una especie de crisis de tipo anímica
en donde el desgaste y la falta de empatía empiezan a ser la moneda corriente
de cada día.
De cualquier forma, el hecho de padecer
agotamiento emocional ante los problemas laborales que nos aquejan y sobrepasan
no es nada nuevo. El término "burnout" apareció por primera vez en
1974 y fue utilizado por el psicoanalista germano-estadounidense Herbert
Freudenberger que al trabajar como voluntario en una clínica para personas con
adiccionesempezó a notar que al cabo de
un año sus compañeros comenzaron a demostrar un aumento progresivo de la
perdida de energía, así como también, agotamiento emocional y una actitud más
fría y desinteresada con respecto a los pacientes que eran el motor del interés
inicial por el cual participaban de esta tarea.
Al
principio Herbert Freudenberger lo definió como "un estado de fatiga o
frustración que se produce por la dedicación a una causa, forma de vida o
relación que no produce el esperado refuerzo". Siendo esta simplemente
la punta del iceberg de todo lo que llegaría más adelante alrededor de este
concepto que en su traducción más simple del inglés al castellano es “agotamiento”
pero detrás de esto se encierran muchas otras realidades por las que las
personas atraviesan en su día a día.
El
avance de la tecnología y la búsqueda por el productivismo ha sido la bandera
insignia de esta nueva era, acompañado por el compromiso laboral exacerbado, con
nuevas estrategias que nos han hecho sentir que quienes conformamos un equipo
de trabajo somos únicos e indispensables, además de formar parte de una familia
que espera lo mejor de nosotros. Esta nueva forma de “vivir el trabajo” tuvo su
punto más alto con la llegada del COVID 19 y un estado de pandemia mundial en
el que en muchos casos la vida pudo continuar como si nada pasara en cuanto a
las relaciones y compromisos de siempre ya que la conectividad fue el la
herramienta que nos permitió seguir estando presentes, aunque todo se nos
derrumbara en nuestro entorno.
Al
notar esto muchas empresas entendieron que podrían ahorrar grandes costos
internos de albergar a su personal por tantas horas y tantos días al mes,
buscando la posibilidad de invitarlos a que también lo hicieran desde sus
casas, generando con esto mayor disponibilidad horaria para compartir con sus
familias y la sensación de no estar atados a un lugar físico donde estuvieran
cumpliendo a rajatabla con una reglamentación prestablecida. Esta nueva
modalidad dio libertad en algunos aspectos, pero por otro lado genero una mayor
atadura de los obreros hacia sus labores ya que cuando uno no tiene por qué
cumplir un horario puede dedicarse al trabajo en todo momento y este se termina
mezclando con su vida personal indefectiblemente, por más que no se quiera.
Esta realidad cada día que pasa va en aumento y normalizo el burnout al punto
de que ya es algo con lo que solemos convivir en nuestra vida cotidiana.
Actualmente
nos creemos dueños de nuestras vidas y de nuestro tiempo al adoptar esta
modalidad de trabajo, pero en ningún momento nos hemos detenido a pensar que no
hay mejor poder que aquel que se ejerce sin que nos demos cuenta.
El burnout a nivel de terminología e instalación en nuestra vida, es totalmente
comparable con el termino estrés y su existencia en el pasado, padecimiento por
el cual probablemente nuestros abuelos o generaciones anteriores pudieron
haberlo sufrido, pero jamás lo llamaron de esa forma, pudiendo ser confundido
con un simple cansancio o desgaste por el cumulo de actividades.
El
siglo XXI es el siglo de las denominaciones, hoy en día todo debe tener un
nombre y una causa, quizás eso sea bastante complejo de poder sobrellevar y nos
ha vuelto una sociedad más “débil” si se quiere, ya que entendemos que
constantemente atravesamos por determinados padecimientos que antes quizás ni
siquiera estaban en la agenda de nadie. Esto por otro lado tiene la contracara
positiva que nos da la posibilidad de poder entender un poco más que es lo que
nos pasa, quizás a futuro, normalizar estas actitudes, nos transforme en una
sociedad al menos un poco mejor.
Nació en Juan Lacaze en 1980, es
licenciado en ciencias de la comunicación y ha estado vinculado a La Diaria
desde sus comienzos, siendo actualmente el coordinador periodístico de este
multimedio, además es docente de periodismo político en la Universidad de
Montevideo. Autor del libro El caso Astesiano publicado en 2024, donde realizo
una investigación periodística sobre el jefe de custodia presidencial durante
el gobierno de Luis Lacalle Pou, haciendo una extensa revisión de todos los
vínculos de poder entorno a presidencia y de los ya conocidos abusos de
influencias que existieron en ese momento, también codirigió la película
documental El facilitador (estrenada en 2024), que aborda el caso Astesiano y
la historia de Sebastián Marset. En esta oportunidad paso por Periodismo en tus
Manos, Lucas Silva.
¿Cómo entendes al cambio de
paradigma por el que está atravesando el periodismo en la era digital, dejando
atrás sus formas más tradicionales?
Lo primero es reconocer que el
periodismo no atraviesa su mejor momento. Hay una crisis sostenida y agravada
de los modelos de negocios que lo sustentan, hay un avance tecnológico que
desafía las lógicas tradicionales -la inteligencia artificial llevó las cosas a
otro nivel- y hay un problema con la credibilidad del periodismo como
institución. En esto último confluyen varios factores: un contexto de
desconfianza generalizado en las instituciones tradicionales -entre ellas el
periodismo, pero también la política y otras-, el surgimiento de liderazgos
populistas que sacan rédito con sus ataques a la tarea de los periodistas y
seguramente también haya una incidencia de los errores propios. En Uruguay no
tenemos muchos ámbitos colectivos para discutir nuestros problemas (existen sí
espacios gremiales, pero no hay un “colegio” o institución similar). Más allá
de este panorama, y un poco paradójicamente, creo que el trabajo de los
periodistas sigue siendo importante para las democracias. Y tal vez hasta sea
más necesario que en otras épocas.
¿Qué porcentaje de noticias falsas
crees que circulan en la actualidad y cuanto crees que eso puede importarle a
la gente en su día a día?
No podría decir un porcentaje. Pero
si comparo la situación actual con la época de nacimiento del diario -marzo de
2006-, es evidente que el fenómeno no ha parado de crecer (o por lo menos su
dimensión más visible). En cuanto a si son importantes para la gente: no creo
que haya una noticia falsa que convenza a toda la gente al mismo tiempo, sino
que, en todo caso, convivimos con múltiples segmentos que consumen múltiples
tipos de desinformación. Esa otra capa complejiza todavía más el problema.
Desde nuestra actividad como periodistas, se podría decir que hay un retroceso:
hoy muchas veces nuestra tarea consiste en decir “esto pasó o esto no pasó”,
obviedades que hace 20 años no era necesario discutir.
¿Por qué crees que el caso Astesiano
no derrumbo al sistema democrático uruguayo ni llevo a que el presidente fuera
cuestionado en su cargo?
Es una pregunta difícil, quizás sea
más para un politólogo. Lo que sí puedo decir es que el gobierno de Lacalle Pou
montó una narrativa que apuntó a criticar las supuestas filtraciones -que no
fueron tales- y el trabajo de los periodistas, en lugar de intentar desmentir
la información que diversos medios iban publicando. También hubo movimientos
para cerrar el caso en la Fiscalía, algo que sí me parece complicado. La fiscal
Sabrina Flores quiso volver a periciar el teléfono para acceder a las
conversaciones con Lacalle Pou, pero no se lo permitieron. Poco tiempo después
fue removida del caso y la trasladaron a otra Fiscalía. Desde ese momento, no
hubo ningún avance en la investigación. Se podrían decir cosas similares sobre
la Fiscalía en el caso de Marset, donde también quedaron muchas cosas sin
investigar a fondo. Y lamentablemente se podrían decir cosas similares sobre la
Fiscalía en muchos temas que involucran a la política y a los delitos de cuello
blanco.
Teniendo en cuenta la apertura a la
información que tenemos hoy en día, combinada con la velocidad en que las
noticias nos alcanzan ¿Cuánto crees que puede influir un medio de comunicación
en nuestra forma de pensar?
Seguramente menos que antes.
Volviendo a la comparación con lo que sucedía hace 20 años: hoy los temas que
se publican duran mucho menos en la agenda. Una noticia puede impactar de
mañana y esa misma noche nadie habla del tema. Esa aceleración de los tiempos
sólo contribuye al ruido, cada vez es más difícil discernir qué es importante y
qué es accesorio. Otra dimensión es cuánto inciden todavía las noticias de los
medios tradicionales en la conversación de redes sociales. Seguramente también
menos que antes, pero no tengo claro que sea algo necesariamente malo. Lo
importante para un medio es tener resuelto de antemano a quién te interesa
hablarle. En el caso de La Diaria, me parece que tenemos un vínculo más directo
con la comunidad de lectores, sin la mediación de ese ruido de las discusiones
en las redes, y también la ventaja de poder preguntarles directamente cómo van
viendo nuestro trabajo y cómo se vinculan con la información. En base a esos
insumos, resolvimos recientemente que había una necesidad de tener las radios
de aire y que todavía vale la pena convocar a reuniones presenciales con
nuestros lectores, para intercambiar sobre diversos temas. Creo que esa
necesidad que surgió refleja que también hay cierto cansancio o disconformidad
con algunas lógicas informativas actuales.
¿Cómo es enseñar periodismo en
épocas donde todos jugamos a ser periodistas y la comunicación ha sido invadida
por personas pertenecientes a otras áreas o rubros?
Me gusta mucho la docencia. Ese
sería otro ejemplo de ámbitos en los que vale la pena repensar críticamente qué
estamos haciendo los periodistas. En general siento que las nuevas generaciones
vienen mejor capacitadas y con mejores herramientas que las que teníamos
nosotros cuando estudiamos periodismo (en mi caso, en el comienzo de los años
2000). Eso me genera cierto optimismo. Por lo general, trato de motivarlos a
que generen sus propios medios o canales de comunicación -como hicimos en su
momento con La Diaria- y que le busquen la vuelta por ese lado.
¿Crees en la subsistencia de los
medios tradicionales (Radio, Televisión, Prensa) tal como los conocimos hace al
menos hace diez años atrás o es necesaria su reconversión para seguir
existiendo?
Me parece que hoy la capacidad de
reconversión se ha vuelto prácticamente una condición imprescindible para la
supervivencia. Ya pasó a ser una cultura dentro de las redacciones. Sin ese
músculo bien entrenado, es muy difícil que un medio logre la sostenibilidad. Es
más, creo que hoy empezó a ser muy importante tener la capacidad de dar marcha
atrás y no persistir en errores. Por ejemplo, cuando se lanza un producto nuevo
y no funciona. Ahí también los tiempos se han acortado y persistir en errores o
en cosas que no funcionan puede resultar muy complicado.
¿Los niveles de violencia e
instalación del narcotráfico en Uruguay ya están al nivel de países como México
o Colombia? Salvando las distancias de las cantidades de población.
Tengo la impresión de que la
situación es más grave de lo que pensamos. O de lo que estamos dispuestos a
asumir. Pienso en los números (cifras de homicidio, cantidad de presos) y
también en la infiltración del crimen organizado en la política, el Estado, la
policía o la Fiscalía. Me parece que muchas veces nos aferramos demasiado a la
creencia de la excepcionalidad uruguaya y eso ayuda poco a solucionar los
problemas que tenemos.
¿Puede llegar a influir este tipo de
manifestaciones violentas derivadas del narcotráfico a la hora de comunicar o
de saberse en riesgo ante una noticia? O ¿aun en Uruguay los medios de
comunicación son respetados como institución?
La cobertura sobre crimen organizado
en Uruguay es menos riesgosa que en otros países de América Latina (Colombia,
México, Paraguay). Es un hecho, avalado por cifras. Pero también es cierto que
otros fenómenos de este tipo (sicariato, escalada de homicidios, infiltración
de la política) demoran en llegar, pero finalmente llegan. Nadie está vacunado
para estas cosas. Particularmente me preocupa lo que puede pasar con el
periodismo local, con los colegas que trabajan en la frontera con Brasil, por
ejemplo. Lo digo porque en Paraguay -un espejo en el que deberíamos mirarnos
más- se han registrado más ataques contra periodistas en lugares como Pedro
Juan Caballero o Ciudad del Este que en Asunción.