Uno de los miedos más comunes en toda la especie humana es el miedo al rechazo. Si bien esta aprensión se podría extender a todo el resto de los seres vivos, los humanos tenemos la capacidad de poder exteriorizarlo y sentirlo de una forma bastante particular.
A nadie le gusta ser excluido del resto o señalado por algo puntual, solemos sentirnos más cómodos cuando formamos parte de un grupo con el cual podemos compartir cosas en común, por aquello de que de alguna forma somos seres gregarios, es decir que nuestra supervivencia es necesariamente en grupo, así como la necesidad de alcanzar el bienestar emocional del que depende de nuestro comportamiento en sociedad. El problema empieza cuando por alguna razón nos vemos excluidos de ese entorno que nos brinda protección, generando un conflicto interno en nosotros mismos al recibir el no como respuesta definitiva.
Son múltiples las posturas que uno puede llegar a tomar ante la negación o la exclusión, estas pueden ser por ejemplo la rebeldía, la angustia, la tristeza o la automarginación. Obviamente todo esto puede variar dependiendo de la persona y de la situación en cuestión, dos factores que son más que determinantes para poder definir una realidad de este tipo.
Las situaciones en las que podemos ser rechazados están a la orden del día y pueden variar dentro del rango de importancia que tienen para nosotros, de acuerdo con esto es el nivel de severidad con el que podemos sentir esa especie de “golpe” invisible que nos toca en algún lugar que no sabemos que existe pero que nos duele. El valor que le damos a esa situación es el que va a determinar que tanto nos va “doler ese golpe” a posteriori.
La idea anteriormente expuesta es estudiada por neurocientíficos y psicólogos sociales como Naomi Eisenberger y Matthew Lieberman, quienes publicaron el estudio pionero en 2003 en la revista Science, demostrando que la exclusión social activa la corteza cingulada anterior. El investigador Ethan Kross también ha liderado estudios clave sobre cómo el rechazo activa regiones compartidas del dolor físico. (National Library of Medicine)
Ya acercándonos a cuestiones un poco más filosóficas, podríamos entender a el rechazo como un actitud normal y esperable de la vida, la cual se relaciona al control de los niveles de emoción que podamos llegar a tener. Para pensadores como Nietzsche, el no poder encajar con claridad dentro de un grupo tenía que ver con la idea de no seguir las normas preestablecidas y del buscar salirse todo el tiempo de lo que es socialmente esperable, hablando en este sentido estrictamente de la marginación social y esa vieja idea de que lo que desentona con lo homogéneo esta de alguna forma fuera de los estándares de aquello que por alguna razón llamamos normalidad.
El rechazo es un mecanismo de defensa, a veces necesario y otras veces utilizado en exceso. El punto está en el equilibrio de como manejamos la utilización de esta arma emocional en la defensa y en el ataque de nuestro día a día, si nos ponemos a pensar lo hacemos constantemente, pero muchas veces lo hacemos desde la inconsciencia.





