Cada día es mas complejo poder entender los lazos intrafamiliares. El famoso “modelo” de familia desde hace tiempo se rompió y lo que era regla, paso a ser la excepción, ante esa realidad, la sociedad busca seguir funcionando, pero adaptándose a una nueva serie de valores que no son del todo bien recibidos por muchos, pero que son los que con el paso de los años cada vez se “normalizan” más…
El mayor mecanismo que tiene cualquier especie para poder sobrevivir es el de la vida en manada. Esto asegura la defensa y la protección de los más vulnerables ante cualquier ataque, así como también la procreación y el desarrollo. Esta realidad llevada a menor escala se transforma en un concepto que los humanos conocemos como familia, que si bien tiene múltiples definiciones no deja de ser un espacio físico y afectivo en donde el comienzo de la vida encuentra el cobijo necesario para que cada ser pueda lograr la subsistencia y con esto poder avanzar a otras etapas posteriores del desarrollo físico y emocional.
Nuestra especie tiene la particularidad de contar con una primera etapa de la vida en la que tenemos un nivel de dependencia muy alto y extendido con relación a otras especies. A modo de ejemplo para poder simplemente ponernos de pie y caminar tardamos alrededor de un año y a veces más, cuando en cualquier otro género del reino animal este proceso es casi instantáneo por el simple hecho de la supervivencia ante el entorno.
Según el sociólogo alemán Norbert Elias el ser humano nace como el animal más indefenso del planeta. a partir de esto el autor enlaza el concepto de interdependencia que lo entiende como un vínculo reciproco y fundamental que une a los seres humanos. Ante esta situación las acciones de unos afectan a los otros y viceversa. Como en cualquier ámbito de la vida el concepto de poder está directamente relacionado con los vínculos interpersonales. Para Elias el poder no es una posesión ni un atributo estático que alguien tiene, sino una propiedad estructural de las relaciones de interdependencia entre las personas. Quien domina indefectiblemente depende de aquellos que están subordinados bajo su mando para que esa realidad se pueda perpetuar en el tiempo.
El origen etimológico de la palabra familia proviene del latín y es un derivado de la palabra famulus, inicialmente esta acepción se utilizaba en la antigua Roma para definir a un sirviente o esclavo que vivía bajo el mismo techo que su amo. Con el paso de los años la idea de sentido de propiedad sobre otras personas fe desapareciendo al igual que la servidumbre no remunerada, que encontró los mecanismos de intercambio para poder seguir existiendo. Con esto, el termino fue variando su sentido, utilizándose para nombrar a aquellas personas unidas por vínculos de parentesco o de convivencia dentro de un mismo lugar.
Haciendo un rápido salto histórico en el tiempo podemos apreciar que hoy en día las familias tienen una composición bastante diferente a los modelos preestablecidos que existían inclusive en la época que Durkheim escribió esas palabras, donde ya denotaba ciertas transformaciones hacia otro estadio del relacionamiento más íntimo de las personas. Esa “movilidad” que el plantea tiene que ver con el factor humano que puede generar una variabilidad e inestabilidad constante en cuanto a cómo se ve al otro y como uno se relaciona con este.
Los avances y la tecnologización también fueron factores claves en el que las realidades parentales sufrieran cambios. La llegada de la revolución industrial marco un claro cambio de paradigma en este punto. La familia dejo de ser un espacio de producción comunitaria o rural, para empezar a generar una división entre lo estrictamente laboral y el entorno y los vínculos personales, esto alejo físicamente a personas que compartían mayoritariamente su día a día. Ante esta situación el hombre paso a ser quien se encargó de ir a trabajar a las fábricas dejando al resto de la familia a la espera de su regreso, con jornadas que no tenían ningún tipo de regulación en cuanto a horarios, salarios ni condiciones básicas de trabajo. El abandono del campo y el traslado a la ciudad también marco un hito en la existencia de las familias que hasta ese momento no conocían otra forma de vivir que la que habían tenido a través de la agricultura y el trabajo rural, teniendo que sumarse en muchos casos a extensas jornadas laborales mujeres y niños para poder solventar los gastos del hogar.
Si bien el despoblamiento del campo y el hacinamiento en la ciudad y sus periferias se podría entender como un fenómeno separado al de los cambios dentro de las familias, está directamente relacionado, ya que la vida cobro otro dinamismo y otra forma de plantearse para todos los integrantes. Tanto en época de revoluciones, como de guerras o situaciones extremas las dinámicas de convivencia familiar han sido las que han marcado el cómo seguir adelante. Entendemos como dinámicas de convivencia a todas aquellas formas en que nos comunicamos, resolvemos problemas y expresamos afecto dentro del núcleo, teniendo también que en muchos casos poder sobrellevar ciertas crisis que van resquebrajando y fortaleciendo los vínculos.
La llegada del siglo XXI empezó a sacar a la luz ciertos temas que durante toda la historia quedaron sepultados o fueron vistos como tabú en lo referente a cómo entender a los vínculos familiares y cuáles son los posibles problemas que pueden surgir entre los integrantes de un conglomerado de este tipo. El respeto exacerbado a la figura paterna ha ido quedando cada vez más relegado al punto de que en la actualidad alguien difícilmente le tenga miedo a su padre como sucedía en los siglos XIX o XX. Las autoridades rígidas y la forma de expresar las órdenes y buscar la obediencia de forma vertical se han ido cambiando levemente a una horizontalidad que busca tener más en cuenta las necesidades de los hijos.
De cualquier forma, el avance no ha sido total, ya que los datos que surgen, del Instituto Nacional de Estadística, en el caso de Uruguay, por ejemplo, marcan que el 70% de los hogares que se encuentran bajo la línea de pobreza cuentan con jefatura femenina, esto habla a las claras de la diferencia de posibilidades que existe en el mercado laboral entre ambos sexos. Este fenómeno se ha empezado a tratar con el nombre de feminización de la pobreza, si tenemos en cuenta que 7 de cada 10 hogares pobres en Uruguay tienen al frente a una mujer.
Si bien las dinámicas familiares seguirán marcando cambios constantes con respecto a lo que conocemos como preestablecido, el fin esencial siempre va a ser el mismo ya que el humano necesita del afecto y del cobijo de un entorno por mínimo que este sea, para poder subsistir y desarrollarse. Los cambios de generación y de ideas siempre traerán aparejados consigo una nueva forma de ver la realidad por mas cuestionada que esta sea.


